Un recoveco imprescindible. Cálido como aquel lugar de la casa que elegimos para acurrucarnos mientras cae la lluvia sobre la ciudad. Se trata de descubrir ese espacio, sortear un par de escalones y empezar a distinguir los juguetes para niños de otras épocas, algún bombín pendiendo de un perchero, el arreglo de flores, los colores amables, el piso de madera, el aroma que invita y el mate preparado para charlas cómplices de los días difíciles, de los viajes lejanos, de los sueños soñados y los que quedan por soñar.

Hace 28 años abrió sus puertas Chloé Ropa Urbana, en aquel local de Fray Mocho al 40. Un 15 de diciembre de 1989, mientras "We Didn't Start the Fire" de Billy Joel explotaba en los rankings del mundo y era tapa de los diarios la partida del premio Nobel de la Paz, Andréi Sájarov. Dentro de los acontecimientos del día, Silvina abrió las puertas del placard y así las mantiene hace 28 años, en otro lugar (Italia 18), pero con la misma idea de las cosas.
"Tenía 15 años cuando me dí cuenta que, de acuerdo a mi talle y a mi edad, me podía vestir en un sólo negocio de Gualeguaychú. Y un día me encontré eligiendo las marcas que me gustaban, para no volver a viajar a Buenos Aires a vestirme", cuenta Silvina Carré.

No tiene vidriera. Chloé tiene todo lo que vale la pena mostrar en un negocio de ropa, pero no tiene una vidriera que nos adelante su universo de prendas. No es algo casual, tiene un sólido sentido: "La idea desde el primer momento, era que aquellas mujeres que ingresan, sientan que pueden elegir una prenda, probarla y volver a guardarla si no quieren llevarla, tomar otra y así hasta que encuentren lo que quieran llevar. Como si fuera el ropero de su casa, por eso los muebles no tienen puertas, todo está a la vista y al alcance de la mano. ¿Porqué no hay vidriera? Para no romper con esa intimidad que encontramos justamente en el ropero de casa, en ese lugar cómodo donde elegimos lo que nos gusta, nos vestimos y salimos a la calle".
"Conforme fui descubriendo las marcas, fui conociendo diferentes diseñadores y sus colecciones. Cada prenda del local no se repite, es para cada mujer, sin que haya dos iguales, mismos talles o mismo color", dijo Silvina como quien le teme a la redundancia en todos sus aspectos.

Recuerda los tejidos de Islha Madeira a los que define como "simplemente bellos y coloridos", confiesa que de todos los aromas de Chloé prefiere el jazmín, asegura que difícilmente encontremos "una prenda colorada", porque prefiere "los tierra, los beige, azules o verdes", reconoce que ama las plantas, y que cerrará el negocio "cuando no me produzca más placer ver las colecciones", dice que todo en este lugar le gusta, que a contrapelo a esa canción del Nano aquí no es caprichoso el azar: todo tiene un motivo, todo un sentido. Chloé también es el mate amargo con granos de café verde, la caramelera de mimbre, los pasos firmes sobre el piso de baldosas, la bocanada de aire que ingresa desde el patio de una galería contigua, los desfiles donde la belleza y la alegría colaboran con causas nobles y acompañan necesidades desatendidas.
"La ropa es de todas las épocas, ha ido creciendo conmigo, acá no hay nada que yo no me pondría", reconoce Silvina mientras dobla una prenda que es arte, que es una canción para alguien, una calle, un sabor...

"Some folks like to get away, Take a holiday from the neighborhood" comienza a cantar en New York State Of Mind el blusero del hit aquel 15 de diciembre de 1989. De eso se trata a veces, cuando extendiendo la punta de los dedos, tocamos el trazo de un pincel en esa camisa que nos va a acompañar por los lugares lindos de la vida...
Chloé Ropa Urbana

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