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Sobre la construcción de una perspectiva de género inclusiva e igualitaria

Recientemente, a raíz de la decisión del gobierno municipal de Gualeguaychú de reemplazar las elecciones de reinas del turismo y de los Corsos Populares Matecito por la de embajadores culturales, se han abierto múltiples espacios de debates sobre cómo y de qué manera abonar a una construcción social más inclusiva e igualitaria.

Sin lugar a dudas, en todos los ámbitos (económico, cultural, laboral, político, deportivo, doméstico, educativo, religioso, recreativo, comunicacional, etc) las mujeres enfrentamos posiciones de poder asimétricas que nos dejan en una situación de desigualdad real y simbólica, de vulnerabilidad, de exclusión y violencia o, en otras palabras, de profunda injusticia.

Las representaciones culturales y simbólicas muchas veces son el andamiaje que recubren (en-cubren), legitiman y reproducen estas formas injustas de funcionamiento social. Las imposiciones estéticas, los prejuicios, los “deber ser”, los resultados esperables, los parámetros exigidos, los esteriotipos forman parte de estas representaciones.

Lo que se espera de las mujeres en una sociedad machista y patriarcal es pesado y extenuante. ¿Qué, cómo, dónde debemos “ser”?, ¿cómo debemos vernos?, ¿cómo debemos comportarnos?, ¿cómo debemos desempeñarnos como trabajadoras, estudiantes, profesionales, madres, hermanas, hijas, novias, esposas, etc?. Y todas estas preguntas deben ser resueltas en el marco de una sociedad que tiene múltiples dispositivos desigualitarios y dominantes que nos constriñen, limitan, juzgan y condicionan.

Es por ello que toda iniciativa que tienda a problematizar estas prácticas y abrir los debates resulta positiva y provechosa. No obstante, es necesario abordar este y otros temas de manera plural, diversa y tolerante comprendiendo las múltiples femineidades, las múltiples formas de ser, verse, sentirse y empoderarse como mujer. Justamente lo que ha querido el machismo siempre es imponer un solo tipo de femineidad aceptable.

En el marco de las discusiones por el tema de la elección tenemos que evitar caer en un prejuzgamiento y esteriotipación sobre aquellas mujeres que han, hemos o serán “reinas” de alguna localidad o fiesta popular. Cierto es que hay muchísimos elementos para revisar en estas elecciones (requerimientos estéticos, niveles de exposición de cuerpos, edades de las y los concursantes, la exclusión de otros valores, la correspondencia de los atributos monárquicos –corona, capa, cetro- con nuestra cultura, etc) pero no menos cierto es que quienes hemos participado en esas instancias lo hemos hecho por el orgullo de la representatividad de nuestro lugar de origen y sus expresiones culturales.

Especialmente en lo que refiere al carnaval, son usuales las referencias a que las mujeres que bailamos y participamos no buscamos otra cosa que sexualizar nuestro cuerpo, objetualizarlo o buscar despertar el interés (siempre sexual) de los hombres. Esta visión pobre, reduccionista y machista no deja de ser eso, una apreciación desacertada e intencional, sobre una fiesta popular que está enraizada en nuestra idiosincrasia y en nuestra cultura. Una fiesta que genera decenas de puestos de trabajo, que ha alcanzado niveles de excelencia artística inimaginables, que ha sido un ámbito de convivencia, libertad y diversidad cuando la mayor parte de los ámbitos sociales no lo eran y que ha dinamizado nuestra economía local a través del turismo.

Basta ir a los ensayos de una comparsa para ver a los gurises (los y las) percutir y bailar instintivamente. Esa semilla crece y se hace pasión, eso también es Gualeguaychú.

Es verdad que muchos objetualizan a la mujer en el carnaval, especialmente los medios de comunicación que por décadas han puesto especial empeño en televisar con tomas invasivas y primeros planos los pechos y glúteos de las bailarinas. Pero vale aclarar que algo similar pasa en todos los espacios en los que las mujeres estamos insertas, el carnaval no escapa a una tendencia objetualizadora de nosotras en todos los ámbitos de la vida y de la sociedad.

Y lo mismo pasa con aquellas mujeres que han sido representantes de nuestra localidad. Son mujeres que además de haber sido en algún momento electas “reinas”, son hijas, hermanas, madres, estudiantes, trabajadoras o profesionales. ¿Qué tienen ellas para decir? Seguramente muchísimo más de lo que un micrófono busca y espera.

No es fácil como mujer desplegar las propias fortalezas y capacidades cuando se espera de una muy poca cosa. Y esto pasa en todos los ámbitos, por eso las mujeres siempre debemos esforzarnos infinitamente más que un hombre para demostrar nuestra voluntad, nuestra vocación o idoneidad.

Que el debate abierto a raíz de esta iniciativa nos lleve a una profunda reflexión personal y social y que una nueva perspectiva de género realmente inclusiva empiece a ser construida por todos. Niñas, adolescentes, adultas, madres, solteras, casadas, profesionales, trabajadoras, periodistas, modelos, promotoras, artistas, bailarinas, poetas, maestras, docentes, obreras, actrices, deportistas, trabajadoras sexuales, religiosas, amas de casa, militantes, “reinas” de ciudades o fiestas y carnavaleras, todas debemos empoderarnos, protegernos y proteger el derecho de las otras, desprejuiciarnos, romper con la lógica competitiva y excluyente impuesta por el patriarcado, denunciar los abusos y la violencia, romper la reproducción social de un orden injusto para nosotras. En otras palabras, y para concluir, todas debemos luchar por nuestra libertad, por nuestra propia forma de vivir nuestra femineidad y por nuestra plenitud.


(*) María Agustina Díaz es Licenciada en Ciencias Políticas -Egresada de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (UBA)- y Reina del Carnaval del País -Edición 2016-.


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