El ingeniero agrónomo Eduardo Petti acompañó a R2820 a observar la experiencia de producción agroecológica que hace 8 meses se viene llevando a cabo por personas contratadas por la Dirección de Cooperativas en un predio lindero a la Escuela de Horticultura, cuya extensión es de 6 hectáreas.

En principio lo que motivó la visita fue la necesidad de obtener imágenes reales del lugar, ya que las que son enviadas a los medios de comunicación desde la Municipalidad son ilustrativas. Acercarnos nos permitió tomar algunas fotografías, una tarde cualquiera, en un horario cualquiera. El lugar, incluso, puede contemplarse desde la calle.

El dato que se ha difundido desde Prensa y Comunicación Municipal es que se han obtenido en estos ocho meses de intenso trabajo la producción de 25 mil kilos de toneladas sin la utilización de agroquímicos, los cuales han sido destinados a Desarrollo Social de la Municipalidad de Gualeguaychú, a Jardines infantiles e incluso al Hogar de Ancianos de nuestra ciudad.

Otro de los motivos que impulsó la redacción de este artículo, en este momento, es la situación actual del debate que en la tarde de este lunes encontrará una resolución legislativa: la inminente aprobación de una ordenanza que prohíba la utilización de glifosato en el ejido Gualeguaychú. Curioso fue encontrarnos con que tanto concejales de la oposición, pero tanto más concejales del oficialismo que han citado esta experiencia productiva como un ejemplo de producción que debe ser faro en el cambio productivo-cultural de otros agricultores, evocan aquello que desconocen.

A todos aquellos concejales a quienes consultamos sobre el lugar, dijeron no haber asistido nunca y algunos incluso, no saber si quiera su ubicación. Este es un dato que vale la pena tener en cuenta, ya que es la experiencia vinculada a la producción sin el uso del herbicida de Monsanto que impulsa el Ejecutivo a través de la Dirección de Cooperativas y bajo el asesoramiento técnico del ingeniero agrónomo Guillermo Almeida.
Variedades como zucchini, anco, cabutia, además de pepino, acelga, cebolla y melón, dieron durante estos meses importantes rindes que fueron destinados a organismos dependientes del Estado. Nada de esto fue comercializado, y los salarios de quienes trabajan la tierra son abonados por el Estado Municipal, bajo el formato de cooperativa de servicio. En este momento se encuentran trabajando en el lugar tres personas que cobran alrededor de 8 mil pesos mensuales, sin obra social y a modo de contrato directo. Cumplen un promedio de 8 a 10 horas diarias, y según se informó a este medio, "muchos se fueron porque el trabajo es duro y el salario muy bajo". La experiencia que comenzó con alrededor de una docena de cooperativistas contratados por el Estado Municipal, hoy redujo la mano de obra considerablemente, trabajando la tierra cedida en comodato por un particular que volvió a su oficio de horticultor.

En el lugar, que no tiene posibilidades de producir dentro de la ley provincial vigente con métodos químicos, ya que se encuentra pegado a la Escuela de Horticultura, teniendo a su alrededor un caserío cercano, muestra a primera vista, una vivienda, un tractor y lo que pareciera ser un precario sistema de riego.
Sin agroquímicos pero con mano de obra precarizada
Basta con mirar las hortalizas, verduras y plantas herbáceas que aún se encuentran en la tierra, para advertir que no hay uso de agroquímicos en la producción. Las malezas, que avanzan sobre el cultivo, se extraen "a mano o con la asada; hay que arrodillarse y arrancarlas, porque no usan más que azufre en caso que diga el jefe, pero todo con la mano y con la asada, es un trabajo muy sacrificado", contó una de las personas que trabaja en el lugar, y que nos invitó a pasar, evocando orgullosa el enorme sacrificio bajo el sol y las altas temperaturas del verano.

La experiencia está en proceso y próxima al lanzamiento en el marco de un Programa de Alimentos Saludables, que prepara la Municipalidad para los próximos días. Pero dado al debate en curso, vale la pena pensar desde lo concreto, desde la experiencia misma, y formular interrogantes, entre tantas otras cosas, sobre la viabilidad de este tipo de producción para el resto de las producciones agrícolas de la zona, las cuales serán alcanzadas por la nueva ordenanza.

"Por lo que ví no se utilizan agroquímicos en esta chacra; lo que si me llamó la atención es que es una producción de las cosas más simples de hacer: acelga, zapallo, zapallito, cebolla de verdeo, lechuga, etc. Se trata de las cosas más básicas, no hay diversidad de productos, lo cual también tiene que ver con la época del año, porque cada momento permite hacer determinadas especies", dijo a R2820 el ingeniero agrónomo Eduardo Petti.

"Me imaginaba encontrarme con invernaderos, por ejemplo, pero se trata de una experiencia muy rudimentaria, con una rastra, un arado, métodos rústicos que no quiero desmerecer, pero que imaginaba diferentes", agregó.

"Pensar esta experiencia como un modelo para fomentar la agricultura o huerta orgánica, es un modelo que así como lo vimos no cierra por ningún lado. La gente está sacando yuyos con la mano, uno por uno; es decir que el control de malezas que se hace es a base de asada, de cuchillito y de gente sacando yuyitos con la mano. Había, por ejemplo, dos surcos de perejil y uno estaban terminando de limpiarlo porque estaba lleno de malezas", señaló.
"Todo el trabajo de esta gente es sacar malezas. No veo sustentable en el tiempo conseguir gente que quiera trabajar sacando malezas de esa forma tan rudimentaria, en plena era de la tecnología; realmente parece una huerta de hace 30 años. Porque sacar malezas a mano en el año 2018, por más ecológico que sea, no me parece sustentable en el tiempo, porque la gente no va a aguantar, porque es lógico que se aspire a otra tecnología dada la situación actual y ante procedimientos tan antiguos", sumó Petti.

"Otra cuestión a tener en cuenta es que la producción cuando está, está. Hay que cosecharla. Si no se tiene mano de obra hay que salir a buscarla, contratarla y cosechar; vimos mucho zapallo podrido, porque cuando llega el momento de cosechar hay que hacerlo, depositar la mercadería en un galpón, quitar el zapallo del contacto con la tierra para que no se pudra", dijo a la vez que opinó: "No hay dudas de que hay que empezar a discutir estas cosas, en este caso en particular se está haciendo horticultura con casas y una escuela muy cerca, pero si creo que faltan cuestiones por resolver porque así como está planteado es completamente inviable desde el punto de vista de la rentabilidad; tener personas sacando malezas con las manos, así no es real, no es sustentable en el tiempo".

"Para tener una persona en un campo de cría que se encargue de cuidar vacas se necesitan al menos 500 ejemplares, de lo contrario no se puede contratar a un empleado abonando un salario acorde al trabajo; hay que pensar una relación con eso. Para tener empleados que se dediquen a la producción orgánica hay que cambiar el modelo productivo, pero no me parece eficiente como está planteado en este caso", cuestionó el ingeniero a la vez que destacó el esfuerzo que realizan las personas que llevan adelante el proyecto.
La cultura de la huerta y el mercado para los productos orgánicos
"Reconstruir la cultura de la huerta va a llevar tiempo, los proyectos de pro huerta del INTA son un fracaso uno tas otro. La gente no tiene cultura de huerta. Por otro lado, la producción orgánica depende de que cuando se va a la verdulería, y ve una hoja toda comida por los bichos, el consumidor busca una acelga verde y rozagante y la mercadería que vimos hoy tiene otro aspecto justamente porque es orgánica. Cambiar esto va a llevar un proceso largo para acostumbrarnos a otra cosa. El Mercado Central mismo va a pagar menos este tipo de producción por sus características que lo que le va a pagar al que utilizó agroquímicos; esta es una realidad", aseguró.

"Todavía no existe un mercado real para los productos orgánicos, existe en los barrios porteños de Recoleta, pero eso no es representativo de un país. Hoy producir orgánicamente no es rentable; competir con el productor de La Plata que le mete bromuro de metilo, fosforados, clorados, al tomate frente a lo orgánico, no existe. No tenemos un mercado que valore los productos orgánicos y se va a necesitar tiempo para que esto cambie, junto a otras herramientas y a un cambio de modelo global", explicó Petti.
¿La producción hortícola a esta escala es comparable con la producción extensiva?
"Hay cosas que no están en la huerta por la época del año, pero también hay que decir es que esta experiencia no es comparable con la producción extensiva que hace la mayoría de los productores. Ni remotamente es comparable con lo que se hace en el campo; esto es comparable con otra huerta que usa agroquímicos para producir, pero no con el maíz, el trigo, la soja, el sorgo, la colza, etc y todos los demás cultivos que hacemos", señaló el profesional.

"Diría que es hasta más fácil, más allá del sacrificado trabajo de arrancar malezas con la mano, plantearse este tipo de experiencia sin utilizar agroquímicos. Pero en la otra actividad donde controlar malezas y plagas es muy complejo, aún pensándolo gradualmente, es inviable. Porque lo que va a ocurrir con los campos del ejido que no van a poder usar agroquímicos, pero que van a estar rodeados de otros campos que si van usarlos porque los beneficia el trazado del ejido, es que van a ser refugio de los demás", afirmó.

"¿Qué quiere decir que van a ser refugio? Para cuidar las tecnologías que hoy se usan, sobre todo la biotecnología en plantas genéticamente modificadas para que se separe la maleza del cultivo o para que no se coman el cultivo los gusanos, lo que se hace es destinar una parte del campo como refugio. Esto quiere decir, para que no se haga resistencia. Muchos bichos se van a este refugio porque encuentran un lugar para no morirse. Lo que hay que tener en cuenta que los campos que queden ahora fuera del sistema de producción tradicional, van a funcionar como refugio para el resto de los campos donde si se usa agroquímicos. Entonces ese productor que quiere convertirse en este contexto, sin un cambio gradual va a tener este grave inconveniente", alertó.

"Y vuelvo a lo que me parece importante destacar en relación a esta experiencia: ¿Realmente consideran que está bien que en pleno Siglo 21, en el año 2018, haya gente arrodillada en la tierra arrancando malezas con la mano? Por más ecológico que sea no me parece bien. Yo le preguntaría a un concejal si un 20 de enero, con 35 grados y bajo el sol, se va a arrodillar a arrancar yuyitos con la mano", fustigó.

"En un modelo productivo rodeado de agroquímicos de siembra directa no es posible producir con mayores rindes pensando en la comercialización. Si cambia el modelo de manera integral y también para esos campos vecinos, cambiaría el contexto, pero en estas condiciones no es posible", insistió.
El recurso combustible
"Dan vuelta la tierra utilizando el recurso combustible que es muy caro para el productor -para quien no está ni subsidiado ni diferenciado en términos de la producción-, sumándose a un costo fijo que es difícil de solventar, además de que están yendo en contra de lo bueno que tiene la siembra directa que hace que el suelo no se degrade, que no se erosione, que cuide sus propiedades químicas. Cuando se da vuelta la tierra hacés que se mineralice, que se erosione, que se lave, entonces descubrimos hace 30 años que la siembra directa era fantástica para que el suelo respire, para que haya lombrices. Y ahora volvemos al arado", cuestionó.

"La siembra directa es la conservación del recurso más importante que es nuestro suelo, que tiene un maravilloso horizonte de fertilidad porque es de los mejores suelos en el mundo. ¿Cómo cuidarlo? No ararlo, no darlo vuelta, no romperlo ni maltratarlo. La siembra directa trata de que no se rompa el equilibrio rompiendo la tierra y propone establecer ese equilibrio con agroquímicos, rotando los cultivos enriqueciéndolo en nutrientes. Ararlo es resetearlo, empezar de nuevo todos los años", señaló.

"Volviendo a esta experiencia, es importante tener en cuenta que hoy en día, controlar malezas en forma mecánica versus hacerlo de forma química, es más costoso por el gasto de combustible y por el costo de la mano de obra", lo cual implica el pago de leyes sociales, aportes jubilatorios y demás cuestiones que corresponden, pero con las que el Estado en estos casos no cumple.

"No veo la sustentabilidad de este proyecto en el tiempo, que haya gente que pueda aguantar, quedarse años, capacitarse para seguir produciendo. Hay que avanzar en el debate tecnificando la experiencia, con rotocultivadores, motoguadañas, planificar en un sentido más viable. Esto en la huerta, pero es incomparable pensar la producción extensiva, porque además no alcanzaría el gasoil para salir a arar todos los campos que tendrían que dejar de producir con agroquímicos", aseguró Petti.
"La alternativa viable es controlar, hay municipios que tienen ingenieros agrónomos que controlan la producción en el ejido, como ocurre en Herrera. Es posible controlar y avanzar en una discusión que habilite el cambio del modelo productivo actual pero con el objetivo de avanzar, de ir hacia una producción sustentable en el tiempo", opinó.

"Pero por lo que observamos, esto es inviable. No usan agroquímicos pero tienen tecnologías de hace 30 años, con gente arrodillada sacando yuyos con la mano", cerró.
No caben dudas sobre el valor del proceso que han iniciado los trabajadores de esta huerta, en medio de un debate que deba avanzar hacia una producción sustentable y saludable, que respete el medio ambiente y la salud de los consumidores. Pero si caben las preguntas sobre si es posible pretender que los productores que se despertarán este lunes con determinadas reglas de producción, puedan transformar su situación productiva al despertar el martes, sobre si esta experiencia es trasladable, si esto no implicará que aquel productor que se convirtió en contratista, alentado por el Estado con financiamiento y reglas comerciales establecidas, esta vez no sobreviva al cambio luego de vender la tierra para pagar cuentas, y quede afuera junto a sus trabajadores en los tambos y en las pequeñas extensiones de agricultura. El grande puede convertirse con facilidad, el pool de siembra dejará de especular y se retirará a poner dinero en otro negocio que sea rentable, el pequeño productor que durante el menemismo tuvo que aceptar el cambio tecnológico para no quedar afuera, debe volver a adaptarse en un contexto que no acompañará la decisión municipal. Cabe preguntarse quién controlará lo que hasta ahora el Estado no pudo controlar, cabe preguntarse quien le dará respuesta a esos productores.

Pero sobre todo urge, que quienes ponen el cuerpo y las manos a esta experiencia de huerta agroecológica que lleva adelante la Municipalidad, cobren remuneraciones dignas, para que las cosas que decimos que queremos que cambien, cambien de verdad.
Debate productivo

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